Crónica | El drama kurdo

Makhmur, un pedazo de Kurdistán Norte al sur de la Línea Verde

 

El distrito de Makhmur se encuentra al sur de la Línea Verde, por lo tanto, oficialmente, fuera de los límites de Kurdistán Sur. Sin embargo, acoge un campamento en el que viven 12.000 refugiados de Kurdistán Norte. Según Ankara, se trata del mayor campo del PKK que existe.

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A una hora de viaje de Hewler (capital de Kurdistán Sur) en dirección a Mosul se encuentra el distrito de Makhmur. Administrativamente pertenece a la provincia de Nínive, pero aquí la mayoría de los kurdos espera un referéndum como el de Kirkuk, que los una definitivamente a la región autónoma kurda. Y es que Makhmur se encuentra en el lado «malo» de la Línea Verde: esa arbitrariedad cartográfica trazada por los americanos que define hoy las fronteras de Kurdistán Sur. Así las cosas, es la Policía iraquí la que controla los checkpoint, aunque la bandera kurda esté también presente tanto en las garitas como en el resto de los edificios gubernamentales.

Pese la intensa campaña de «arabización» llevada a cabo por Saddam Hussein durante décadas, la mayoría hoy vuelve a ser kurda en Makhmur. Los kurdos han respondido con la misma moneda, pero de forma mucho más fulgurante, por lo que la región es casi una extensión de Kurdistán Sur. No obstante, la seguridad aquí no es comparable, ni de lejos, a la que disfruta la región autónoma kurda. A la cercanía de Mosul hay que añadir la explosiva mezcla que forman kurdos y árabes sunitas. Y si les sumamos los más de 12.000 refugiados de Kurdistán Norte en un campamento junto al principal núcleo urbano, se entienden las extremas medidas de seguridad. Interminables conversaciones de walkie-talkie en torno a la documentación y minuciosos registros, de los que no se libran ni los burros de los pastores, forman parte de la rutina diaria en este páramo en mitad del desierto.

«Evacuaciones» turcas

El pueblo y el campo de Makhmur están cada día más cerca el uno del otro gracias a un bazar en continua expansión. Tras dejar atrás un sinfín de puestos de animales, montañas de neumáticos usados, o improvisadas peluquerías al aire libre, se llega al puesto de control del UNHCR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados), que es el que gestiona el campo de refugiados junto con el Gobierno regional kurdo.

Heydar Abdullah, el director del campo, nos indica sobre un mapa las particularidades del mismo. Se trata de un espacio de dos kilómetros cuadrados en el que conviven 12.000 personas desde que se construyera en 1996. «Los refugiados empezaron a llegar en masa a partir de 1994 de las zonas más castigadas y deprimidas del Kurdistán turco», explica Abdullah. Según parece, la mayoría de los que han llegado hasta aquí huyeron de sus pueblos arrasados por el Ejército turco durante los 90: aquellas campañas que Ankara llamó «evacuaciones».

El 70% de los habitantes de Makhmur son mujeres y niños. Todos viven en casas cortadas por el mismo patrón de precariedad: las paredes están construidas con piedras, mientras que una lona o un trozo de tienda con el logo de la UNHCR hacen las veces de tejado. Por supuesto, ninguna cuenta con agua corriente.

Muchas familias se dedicaban a criar ganado en sus aldeas de origen, y lo siguen haciendo aún hoy día, como prueban los rebaños que atraviesan estas callejas. A pesar de ello, los refugiados mantienen el campo escrupulosamente limpio, y hasta cuentan con la sombra que les dan los árboles plantados por todo el terreno; algo que en Makhmur «pueblo» todavía no se le ha ocurrido hacer a nadie.

También llama la atención el colorido de los vestidos de un grupo de mujeres mayores que cuecen pan en un horno al aire libre. «Vestimos nuestra ropa tradicional kurda, la que Ankara nos prohibía usar en nuestras aldeas», dice orgullosa una mujer de Sirnak (Kurdistán Norte). «Me vine con mi hija pequeña en 1998. El año pasado se casó con un kurdo de aquí y hoy viven en Hewler. Pero perdí a dos de mis hijos en la guerra de los 90, y otra sigue en las montañas. El resto ha emigrado a Europa», dice esta anciana que responde al nombre de Leyla.

«Nosotros éramos nómadas, no teníamos nada que ver con ningún grupo armado ni nada `subversivo'», explica Mehmet, que regenta una tienducha en una caseta de madera. No ha vuelto a conducir un rebaño desde que dejara atrás las faldas del Ararat en 1996.

El campo cuenta con dos comités de gestión principales: uno es el gel («gente», en kurdo) formado por hombres y mujeres en escrupulosa paridad, y el otro es el del DTP, el Partido de la Sociedad Democrática, al que Ankara acusa de cerrar filas en torno al PKK.

«Todo aquel que defiende los derechos fundamentales de los kurdos en Turquía es sospechoso de terrorismo», lamenta Mahmud, que es demasiado joven para recordar algo de su pueblo natal en Kurdistán Norte.

Estudiando para el futuro

Si bien es cierto que la imagen de Abdullah Ocalan, fundador y líder histórico del PKK está presente en el interior de muchas casas o en sus fachadas, nada aquí apunta a que este sea el campo de entrenamiento militar del que habla Turquía. Prueba de ello son los esfuerzos de todo tipo para mantener operativa la escuela local. En el humilde edificio construido con fondos de Naciones Unidas, dos de sus profesores hablan para GARA del ambicioso proyecto educativo que aquí se desarrolla.

«Somos 128 profesores para 3.000 alumnos», comienza Haci, un kurdo que llegó de Seravik (Kurdistán Norte), otra de esas aldeas que desapareció del mapa bajo las bombas turcas. «A diferencia de los kurdos de Irak, nosotros no estudiamos en alfabeto árabe sino en el latino. El kurdo es una lengua indoeuropea, y creemos que éste es el alfabeto que mejor se adapta a sus necesidades. En realidad, utilizamos el mismo currículo que en Turquía, pero lo hemos traducido al kurdo. Por supuesto, hemos suprimido todos los mensajes kemalistas de los libros».

Igual que la mayoría aquí, Haci es consciente del peligro que conlleva convertir el campo en una especie de «isla» ajena a lo que ocurre a su alrededor. «El último año de escolarización se trabaja con el alfabeto árabe, que es el que se usa aquí. Muchos de nuestros alumnos van después a la universidad en Hewler, y es imprescindible que sepan leer y escribir en este alfabeto», apunta este profesor de física y matemáticas.

Pero quizás el detalle que más distinga la escuela de Makhmur «campo» es el hecho de que chicos y chicas estudien juntos en el aula, algo totalmente inaudito para los conservadores patrones de Kurdistán Sur.

«Queremos que las mujeres tengan las mismas posibilidades que ellos, aunque fuera del campo todavía es muy difícil», continúa Heydar, que llegó a Makhmur en el mismo año y por las mismas razones que su compañero. Heydar, que tenía 17 años cuando dejó atrás las ruinas de Hastan, da clases de informática y lengua turca.

Mantener la esperanza

La mayoría de los habitantes del campo cuenta con un permiso de residencia cedido por el Gobierno regional kurdo como única identificación. «Llaman una vez al mes para confirmar que seguimos aquí», explica Haci. A pesar de todo, ninguno ha pedido un pasaporte iraquí, que les posibilitaría poder viajar o tener los mismos derechos que cualquier otro ciudadano. «Si pedimos un pasaporte significa que nos hemos rendido, que hemos perdido toda esperanza de volver a casa. Nadie lo hace, es una decisión de todo el grupo», explica Heydar.

«Todos aquí confiamos en poder volver a casa algún día, por eso estudiamos el turco como lengua extranjera», apunta Haci.

A la pregunta de cuándo llegará ese día, ambos coinciden: «Ankara sigue manteniendo una actitud totalmente beligerante hacia nosotros, pero poco a poco se observan cambios. Ahora tenemos representantes en el Parlamento de Ankara, y nuestra gente es cada vez más consciente de la necesidad de luchar por nuestros derechos como pueblo.

Sabemos que todavía queda mucho para poder volver a casa, quizás décadas, pero al final regresaremos. Todos estos años de lucha no han sido en vano», aseguran.

 

 

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