Los Kurdos convidados de piedra

 

Por Pablo Sigismondi l Especial.

 

 

El pasado 21 de marzo, los kurdos celebraron el Nowruz, que señala el comienzo de su año nuevo 2618 y la llegada de la primavera (boreal). En Turquía, esta conmemoración se ha transformado en símbolo de lucha, rebelión y reivindicación.

“Hasta hace poco, durante el Nowruz teníamos prohibido cualquier festejo. Se implantaba el estado de sitio y no podíamos salir a la calle para cantar ni bailar. Menos aún hacer fogatas. Para nosotros, es el día de la libertad y del fuego de la vida. Pero el gobierno turco temía que sirviera para la reivindicación de nuestra identidad. Nos prohibían el uso de nuestra lengua y de nuestra música; nos cambiaban los nombres; nos enseñaban que ‘éramos turcos de las montañas’. Nos quisieron asimilar brutalmente, obligándonos a dejar nuestra tierra. Nuestras raíces son nuestra cárcel”, sentenció con dolor Mehmet, anciano de barba blanca que vendía pollos en la Puerta Mardin, ingreso principal al centro de la ciudad de Diyarbakir.

Según el mito recogido en el Libro de los Reyes, el Nowruz es la fiesta que simboliza la libertad del pueblo kurdo –descendiente de los medos– de la tiranía de los asirios. Esclavizados “durante mil años” por el rey Zohak, cuya crueldad sin límites lo llevó incluso al parricidio, Kawa los libertó. Según la tradición, esto ocurrió el 21 de marzo del año 612 a.C. Los kurdos son un pueblo de origen y lengua indoeuropea, no turca. Luego del zoroastrismo, judaísmo y cristianismo que sucesivamente incursionaron allí, abrazaron el Islam. Aunque para el Estado turco esa región es la Anatolia del sudeste, no el Kurdistán.

Paisaje desolado

Las montañas son un referente constante en medio de un paisaje desolado y marrón. Diyarbakir (“Capital de la Mesopotamia”, según sus pobladores) es la ciudad más importante de todo el Kurdistán en Turquía y cuadruplicó su población en los últimos 20 años, hasta alcanzar más de dos millones de personas en la actualidad. Este fenomenal aumento ha sido consecuencia no sólo de la búsqueda de mejores trabajos y el agotamiento de los terrenos agrícolas, sino también de la guerra entablada entre el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) y el gobierno de Ankara, que produjo miles de muertos, millones de refugiados y exiliados (especialmente en Alemania) y el desplazamiento masivo de la población rural hacia la ciudad

Las murallas que rodean Diyarbakir, construidas en rocas basálticas oscuras, parecen constituir un sentimiento telúrico de identidad y orgullo. Sus más de cinco kilómetros de longitud, 12 metros de altura y 82 torres, las convierten “en las más grandes del mundo luego de la Muralla China”. Al subirla, la vista hacia afuera me permitió tener una idea más certera del sufrimiento de los kurdos. A lo lejos, observaba la silueta plateada y serpenteante del río Tigris entre trozos de tierra salpicadas de tumbas. Habitaciones abandonadas y precarias dispersas por doquier; chatarras en los techos, depósitos abandonados, torres eléctricas derruidas, carreteras cubiertas de baches y pobladas de carros que aparentaban ir a ninguna parte. Pocos habitantes encuentran trabajo fuera del empleo público. La desocupación galopante busca una alternativa de supervivencia a través de pequeños comercios. Es tal la omnipresente miseria que, en definitiva, muy bien podríamos llamarla villa o favela, casi como un sentimiento de propiedad de una especie de Latinoamérica musulmana con los mismos olores a aguas podridas y texturas de monobloques amontonados desordenadamente. ¿Dónde quedaron las espléndidas imágenes del catálogo turístico? Allí abundan los robos (de los cuales también yo sería víctima en los días por venir) y los problemas de seguridad, algo inusual en el mundo islámico. Todo me producía recuerdo de lo conocido, una sensación difícil de describir cercana a la tristeza por lo que tanto abunda en nuestra sociedad: marginación, miseria y abandono.

Convidados de piedra

El Kurdistán contiene enormes reservas de agua, por lo cual el interés geopolítico de su territorio, encrucijada del Oriente Próximo, aumenta más aun. Efectivamente, los extensos macizos montañosos acumulan ingentes reservas y los principales ríos que pueden suministrar agua a la región nacen en estas montañas. Ello originó, hace más de seis mil años, la civilización mesopotámica, la más antigua del mundo. En las últimas décadas, el gobierno turco inició la construcción de una serie planificada de gigantescas represas en las cuencas del Eufrates y el Tigris, para generar energía hidroeléctrica y regar miles de hectáreas. El proyecto, conocido como GAP (Proyecto Sudeste de Anatolia), implica construir 22 embalses, 19 centrales hidroeléctricas y una amplia red de canales. De la misma forma, en nuestro país, el aprovechamiento de las cuencas de los ríos Neuquén y Limay ha llevado a construir gigantescos reservorios como El Chocón-Cerros Colorados, Piedra del Águila y Alicurá, entre otros, para idénticos propósitos.

Sin embargo, toda esta riqueza no ha servido siempre para mejorar la calidad de vida de los habitantes, sometidos a gobiernos centrales que los mantienen en situación de dependencia y pobreza colonial. En la Argentina, los mapuches fueron expulsados, arrinconados, divididos por una frontera que no eligieron y diezmados desde la llamada Conquista del Desierto, que aún hoy seguimos estudiando como un gran hecho histórico. Los kurdos, bajo la presión de la “turquización” fueron privados de educación y de derechos, separados, aislados e incomunicados.

El año pasado, en camino hacia el Cáucaso, celebré el Nowruz en Diyarbakir. Ese día la fiesta empezó muy temprano. Como los mapuches, los kurdos celebran el Nowruz con fuego. Mientras los sonidos de la música de Celal Gulzeses retumbaban por el aire helado, se iban encendiendo gigantescas fogatas con neumáticos y la gente llegaba de a miles a pie y en todo tipo de transporte imaginable. Cada columna de humo negro que subía al cielo me permitía identificar los lugares de encuentro. Los colores de las mujeres parecían dispuestos a encantar a todos y romper la monotonía de un día gris. Adornadas con pañuelos, ellas respetaban la ancestral tradición de vestirse señalando con su color el día de la semana. No dejaban de vitorear y agitar la imagen del líder del PKK, Abdullah Ocalam, gritando “Apu, Apu”. Al fondo, los depósitos de hidrocarburos parecían una cruel ironía frente a su pobreza; recordé entonces una vez más las bardas que rodean la ciudad de Neuquén, donde las villas de madera tienen pozos petrolíferos como telón de fondo.

El problema de los kurdos ilustra como broche de oro la doble moral que utilizan las potencias mundiales, especialmente Estados Unidos: mientras en Siria e Irán los kurdos son considerados la próxima carne de cañón a utilizar para lograr desestabilizar a sus respectivos gobiernos bajo la falacia de “llevar democracia y libertad”, la historia demuestra otra cosa. Saddam Hussein era la figura mimada para enfrentar al Irán de los khomeinistas. En esa época, los bombardeos con armas químicas que el tirano aplicó sobre los kurdos (especialmente en Halabja) no fueron un crimen; Occidente miró a otro lado.

Ahora, los norteamericanos son respetados en el Kurdistán iraquí porque ellos afianzaron el seudo Estado kurdo independiente de hoy. Sin embargo, el gobierno de Turquía, cuya represión sin piedad (atemperada sólo desde que busca entrar al club europeo) ha dejado decenas de miles de muertes, observa horrorizado. Las consecuencias que podrían sobrevenir si finalmente Irak queda partido harían temblar todo el sudeste y este de su propio país, donde además se superponen las reclamaciones de Armenia por recuperar su histórico y legítimo territorio. El viejo sueño del Gran Kurdistán con un Estado propio tal vez desataría más tempestades aún. Entonces, quizá los kurdos tengan razón cuando repiten “De vez en cuando la piedra perfora la piedra”.

 

 

 

 

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